jueves, 11 de septiembre de 2008

Dictadura y Democracia: Políticas culturales y resistencia


Por Luis Rodeiro
La aventura de construcción e invención de la democracia en Argentina no puede disociarse de la realidad de la dictadura genocida que vivimos. El golpe de 1976 tenía como objetivo la refundación política del país y el disciplinamiento de la sociedad. Y como tal, incluía un proyecto cultural de envergadura en los marcos del modelo neoliberal globalizado, que ensayaba diversos caminos para la implantación de su hegemonía. El golpe abrió las puertas a la liberalización más profunda del mercado y lo impuso a través de un régimen totalitario y genocida. Y esta realidad incluyó la creación de una nueva cultura, que reivindicaba el orden jerárquico como valor supremo, el desprecio a la política, la paz de los cementerios, el discurso único. Esa cultura no ha perdido vigencia y reaparece con distinta intensidad en la historia actual de los argentinos.
La idea cultural de la dictadura –como bien aportan los estudiosos del tema- fue la presentación de la sociedad argentina con la metáfora de una sociedad enferma. Para imponer el modelo económico había que atacar lo que se definía como enfermedad. Y ese mal, similar a un cáncer que avanzaba, era esa sociedad movilizada y demandante. Ese cáncer debía ser extirpado. El mal era la política que permitía la confrontación, las ideologías que nos desunían, la lucha sindical, las huelgas, las acciones sociales, la organización solidaria...
Videla, el general genocida, declamaba que “las especulaciones políticas, económicas e ideológicas deben cesar... El orden y la seguridad deben remplazar el desorden y la inseguridad”. Se plantea para qué discutir, para qué confrontar, si la lógica económica es una y el mundo nos convoca y nos invita a participar de un futuro promisorio. El mismo discurso que 30 años después escuchamos de la boca de los líderes de los empresarios agrarios, durante el reciente lockout patronal.
En aquellos tiempos, como apuntan varios autores, como Pilar Calveiro y Delich, la peste eran las palabras. “También las ideologías que están hechas de palabras; la oración religiosa, el discurso político, el canto popular”. Las palabras –dice este último- fueron acusadas porque llenaron de dudas allí donde había certidumbres, crearon resentimientos donde solo había fraternidad, se desplazaron en espacios prohibidos, volaron en desorden por el orden; así acusada la palabra sería separada, luego reprimida y el silencio establecido como norma para la sociedad. El silencio es salud, se decía.
Había que separar, asilar, aniquilar. La sociedad en su conjunto les resultaba sospechosa, porque habían diagnosticado que estaba enferma. Cáncer, decían. Lo demás lo sabemos: 30 mil desaparecidos.
No a la política que divide. Buey solo bien se lame y está seguro. Cada uno a lo suyo. Respeto a las jerarquías. En una palabra: disciplinamiento social, domesticación, vía violencia, muerte, terrorismo de Estado. Silencio.
No es la primera vez que esto sucede en la historia argentina. Muchos historiadores sospechan que Videla, en definitiva, soñaba con ser el Roca del siglo 20. El paradigma era la conquista del desierto. Los nuevos bárbaros eran la guerrilla y los sectores populares.
La estrategia genocida se agotó en sangre, pero las organizaciones populares, por inmensos errores propios fueron derrotadas primero políticamente, incluso antes del golpe, y después militarmente.
El modelo neoliberal buscó nuevas estrategias. Mucho más sutiles. La derrota popular y la crisis existencial del pensamiento de izquierda, inicia un largo periodo de diáspora, que facilita el triunfo en la batalla cultural librada por el neoliberalismo. La nueva derecha avanzó con el poder concentrado de los medios como principal actor social. El discurso del poder mediático, en los primeros atisbos de una práctica destituyente muy eficaz, socava –sobre bases reales, pero magnificadas, los intentos (en la mayoría de los casos fallidos) de la transición democrática, que favorece a Menem. El modelo neoliberal alcanza sustento popular. Menem es votado y reelegido –increíble, pero real- por la mayoría de los que serán los excluidos del modelo. La batalla cultural, donde el poder mediático juega un papel fundamental, convence a la sociedad de que el Estado es ineficiente y de que todos los servicios debían ser privatizados.
Los canales televisivos también son privatizados, sobre la legislación de la dictadura, abriendo las puertas a la formación de conglomerados multimedias, imponiendo un discurso único que ningún gobierno, hasta ahora al menos ha decidido tocar.
Por cierto, no es un fenómeno exclusivo de nuestra realidad. El poder mediático tiene un discurso globalizado como parte del modelo neoliberal. La etapa actual del capitalismo, como bien nos ha explicado la brasileña Suely Rolnik, tiene al capital financiero como protagonista central. A diferencia de la etapa industrial, no fabrica mercancías sino que produce mundos. ¿Qué mundos? Mundo de signos a través de la publicidad y la cultura de masas. Es bueno recordar que más de la mitad de los beneficios de las trasnacionales se dedica a publicidad, actividad que es anterior a la fabricación de productos y mercancías, nos subraya.
Los fabricantes de mundos, publicidad mediante –donde el poder mediático es vital- nos ofrecen paraísos que están a la vuelta de la esquina y que sólo algunos pocos privilegiados podrán habitarlo. Para ello hay que invertir “toda nuestra energía vital”. Este es el gran mito del capitalismo avanzado. No es una promesa de inclusión. Por el contrario. Ese mito tiene correspondencia en los modelos político-culturales. El poder mediático participa como beneficiario de ese modelo y como divulgador, soporte ideológico y organizador. Los medios, principalmente la pantalla televisiva, son hoy un escenario central.
Sin duda, como se dice generalmente, los medios son un gran espejo pero, y he aquí la paradoja, no de lo que realmente es una sociedad, sino de lo que debe “aparentar” ser. La televisión –especialmente– ya no conserva aquel lugar tradicional de los medios, como el espacio privilegiado de la “revelación” periodística, sino que es el escenario de construcción de una realidad. Florence Aubenas y Miguel Benasayad, señalan con razón que el trabajo del nuevo periodista ya no consiste en rendir cuenta de la realidad, sino en hacer entrar a ésta en el mundo de la representación.
Lo que se ve en los medios –dicen los especialistas– es una “construcción” de la realidad, que posee sus personajes, su decorado, su historia y sus leyes.
Cada uno tiene un papel que cumplir, incluso los medios. No hay inocencia. Hay una trama ideológica previa. Hay un libreto de la realidad a construir. Hay respuestas que preceden a las preguntas y esa ideología, en general, en los grandes medios televisivos y en las grandes cadenas periodísticas, está imbricado con los intereses y objetivos del establishment, es decir con los grupos de poder económico que sustentan el universo mediático.
Y volvamos a las palabras. Aquellas que fueron silenciadas bajo la dictadura, ahora –mucho más sutilmente- son vaciadas de su significado original, para servir a la cultura del neo-liberalismo. Durante el menemismo, la palabra ajuste, que Alex Grijelmo nos recuerda que estaba vinculada a una cosa sin importancia que requería –digamos una mera vuelta de tuerca, se convirtió “en el acomodamiento a una realidad que viene dada y no se puede cambiar, a la que debemos adaptarnos, ajustarnos”. El nuevo valor de la palabra “mercado”, que ahora tiene “su propia lógica”, que “vota” antes que los ciudadanos, que tiene el “poder” de presionar a un gobierno del que carecemos los comunes, que puede llegar al “golpe” incluso, que “nada” puede hacerse sin su consentimiento, manteniendo su generalidad, su anonimato.
En ocasiones, ese anonimato dibuja perfiles más concretos, como los acontecimientos que hemos vivido durante la rebelión de los empresarios agrarios, donde el poder mediático desplegó todo su potencialidad para hacer una práctica de barbarie política diaria, de desinformación y discriminación, que como dice el texto de la Carta Abierta de un nutrido grupo de pensadores, produjeron con éxito una conciencia colectiva reactiva, que con la imagen bucólica del campo de las viejas composiciones escolares, identificaron con la patria y con sus símbolos, como antes lo había sido los aguerridos militares genocidas --reserva moral, decían- velaban que era sólo un sector privilegiado de productores con ganancias extraordinarias en busca de mayor rentabilidad .
Otra vez la “unidad”. El mundo nos espera. Si nosotros los hombres del campo logramos ganancias extraordinarias, éstas se derramarán hacia abajo. Basta de política que divide, que confronta. Los argentinos sólo necesitamos “gestión”, cuya nueva acepción es la suscripción a los mismos intereses económicos que la dictadura impuso por la fuerza.
Los argumentos son herencia de las teorías del fin de la historia. La concepción actual de la palabra “gestión”, que reclaman los sectores más concentrados de la economía y que practican los políticos de la nueva derecha, sería la oportunidad histórica de crear un mundo “más allá de la izquierda y la derecha, más allá de la hegemonía, más allá del antagonismo”. Pero con la misma exclusión, con los mismos privilegios, porque ello forma parte de la lógica propia de la economía y el mercado.
Como ocurrió con el empleo de la palabra “ajuste”, se crea el espejismo que la gestión es un camino único y lógico, un descubrir de repente que habría una manera “natural” de resolver los problemas, que evita los conflictos porque ya las soluciones no se fundan en valores ideológicos, porque hay un “sentido común”, una actitud “pro”, una lógica que no es otra –curiosamente- que las respuestas del capitalismo neoliberal, de cuya hegemonía no se ha liberado ningún dirigente o fracción política expectable en el concierto nacional.
Por eso hoy es tiempo de resistencia cultural. Resistencia cultural como política., como búsqueda de una nueva lectura de la realidad, como búsqueda de construcción de un nuevo sujeto político popular.

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