Hace algunos años el filósofo chileno Carlos Pèrez Soto sostuvo que en Chile la derecha vota por la derecha, el centro vota por la derecha y la izquierda, también vota por derecha. La afirmación de Pérez Soto no ha perdido vigencia con el paso del tiempo. “En la institucionalidad post Pinochet -señala-, el orden de factores y actores políticos siempre arroja el mismo resultado: la continuidad ‘civilizada’ de un modelo forjado a sangre y fuego”.
La dictadura pinochetista urdió con precisión quirúrgica a la actual democracia chilena. A diferencia de Argentina, en donde los militares sumaron al rosario de aberraciones cometidas, la derrota en la guerra de Malvinas, el crecimiento exponencial de la deuda externa y un descrédito político que resultarían letales para su supervivencia como factor de poder; en Chile, las violaciones a los DD HH tuvieron como contrapartida una inusual capacidad de acumulación política que legitimó su accionar frente a amplios sectores de la población y les permitió diseñar las reglas de un juego democrático al que de mala gana se avinieron a jugar pero en el que, de todos modos, se reservaron la condición de árbitros y garantes.
Esa impronta pinochetista no ha sufrido mellas significtivas en los últimos 18 años. No obstante, sus implicancias más profundas anidan menos en lo explícito de ciertos hechos fogoneados por vetustos personeros del régimen –el funeral con honores proporcionados al dictador, el dificultoso tránsito de la justicia en su intento por juzgar algún represor emblemático- que en las paradojas por las que discurre la política gubernamental, su simbología y su retórica.
Si bien este mecanismo en el que se complementan paradigmas económicos de derecha y discurso socialdemócrata que legitima por izquierda, acontece desde el arribo de la concertación al poder; la eficacia del mecanismo ha rozado la perfección en los últimos tiempos.
Las embarazosas sobreactuaciones militares de antaño se disipan en el Chile de hoy. Pinochet ha muerto no sin antes asistir a su propio Waterloo simbólico. Tras su detención en Londres, el alumbramiento de sus dineros espúreos en cuentas suizas y su refugio en la condición de ‘inimputable por demencia y senilidad’, para esquivar el accionar de la ley, su figura ante la opinión pública no solo está lesionada por sus manchas de sangre. A partir de entonces, también lo está por sus manchas de mierda.
Como contracara del eclipse de Pinochet, se ha asistido a un agigantamiento de Salvador Allende en tanto mártir democrático y figura ética tutelar de la patria. Incluso rancios sectores de las clases medias reconocen cierta coherencia y halo épico en el presidente al que tan fervorosamente ayudaron a derrocar.
La singularidad maquiavélica del caso chileno radica en que esta reparación histórica estimulada desde el gobierno convive sin sobresaltos con una situación hegemónica del modelo neoliberal en tanto filosofía rectora de los quehaceres políticos, económicos y culturales.
Acaso en ninguna otra nación latinoamericana el neoliberalismo tuvo un parto tan sangriento y una vida tan vigorosa. Los diversos gobiernos, desde el dictatorial de Pinochet hasta el del almidonado Lagos, han consolidado el neoliberalismo ya no como una parte central del todo sino como la misma totalidad de lo Real.
En esta saga de reescritura y resignificación histórica, la figura trágica de Allende, su fallido y luminoso intento de ‘vía chilena’ al socialismo devienen en la retórica de la desangelada Michel Bachellet, en el merchandancing de un discurso que ha hecho del ‘socialismo’ un significante vacío, lleno hasta su clausura de ortodoxia neoliberal.
No es de extrañar que Chile constituya el horizonte utópico de las derechas vernáculas –y de progresistas varios, por cierto-, el ‘Modelo’ a seguir, la comarca más o menos ordenada y segura, bien provista de carabineros, esencialmente conservadora y con ‘saludables’ dosis de apatía política. El mercado arquetípico en donde el capital despliega su ser sin asfixias estatistas o burocráticas. Y en donde, en una modalidad cruel de las astucias de la razón, un gobierno nominalmente ‘socialista’ provee la retórica que legitima el accionar de un establishment que hace tiempo ha decidido prescindir de los modos jurásicos de antaño.
Es obvio que esta hegemonía no implica unanimidad. Combativos, aguerridos, en ocasiones numerosos, son los focos de resistencia al modelo. Cabe señalar dos particularmente intensos durante lo que va de la gestión Bachellet: la lucha de los estudiantes secundarios contra los planes educativos del gobierno y las huelgas de hambre de los militantes mapuches reprimidos con una saña inusual. Sin embargo, la ausencia de un marco amplio que vertebre las demandas aisladas reduce las posibilidades de injerencia en lo Real por parte de estos grupos. Incluso las más osadas de sus acciones no sobrepasan los méritos de lo testimonial o lo reivindicativo.
La sensación general de los chilenos respecto a ellos mismos dista del malestar o la inquietud. Los números de la macroeconomía certifican ese cielo limpio de nubarrones. O, al menos, así ocurre en la versión que cuenta: la de los gurués económicos. Y es que finalmente Chile ha encontrado su lugar en el mundo o, para decirlo de un modo más exacto: su ‘nicho’ en el mercado. Tras aquel lejano inicio lleno de ruido y furia, la vía chilena de retorno al capitalismo ha alcanzado su velocidad crucero, su módico coto de economía tercermundista proveedora de materias primas –frutos, mariscos, el sempiterno cobre- y buenos vinos. Lo que en el camino ha quedado, es una generación diezmada que pagó con su sangre la oposición a este modelo durante la dictadura y un cuerpo social que, desde el retorno de la democracia y en irónica simetría, ratifica la continuidad del sistema con la fuerza abrumadora de sus votos.
Nicanor Parra arriesgò hace muchos años una boutade inolvidable: “La izquierda y la derecha unida jamás serán vencidas”. La realidad chilena, su dialéctica de complicidades y conformismos, de banderas arriadas y de impunidades ensordecedoras, parecen urdidas por algún geniecillo diabólico menos para ilustrar una versión hegeliana de la historia que para cumplir con la profecía de un caústico poeta.
La dictadura pinochetista urdió con precisión quirúrgica a la actual democracia chilena. A diferencia de Argentina, en donde los militares sumaron al rosario de aberraciones cometidas, la derrota en la guerra de Malvinas, el crecimiento exponencial de la deuda externa y un descrédito político que resultarían letales para su supervivencia como factor de poder; en Chile, las violaciones a los DD HH tuvieron como contrapartida una inusual capacidad de acumulación política que legitimó su accionar frente a amplios sectores de la población y les permitió diseñar las reglas de un juego democrático al que de mala gana se avinieron a jugar pero en el que, de todos modos, se reservaron la condición de árbitros y garantes.
Esa impronta pinochetista no ha sufrido mellas significtivas en los últimos 18 años. No obstante, sus implicancias más profundas anidan menos en lo explícito de ciertos hechos fogoneados por vetustos personeros del régimen –el funeral con honores proporcionados al dictador, el dificultoso tránsito de la justicia en su intento por juzgar algún represor emblemático- que en las paradojas por las que discurre la política gubernamental, su simbología y su retórica.
Si bien este mecanismo en el que se complementan paradigmas económicos de derecha y discurso socialdemócrata que legitima por izquierda, acontece desde el arribo de la concertación al poder; la eficacia del mecanismo ha rozado la perfección en los últimos tiempos.
Las embarazosas sobreactuaciones militares de antaño se disipan en el Chile de hoy. Pinochet ha muerto no sin antes asistir a su propio Waterloo simbólico. Tras su detención en Londres, el alumbramiento de sus dineros espúreos en cuentas suizas y su refugio en la condición de ‘inimputable por demencia y senilidad’, para esquivar el accionar de la ley, su figura ante la opinión pública no solo está lesionada por sus manchas de sangre. A partir de entonces, también lo está por sus manchas de mierda.
Como contracara del eclipse de Pinochet, se ha asistido a un agigantamiento de Salvador Allende en tanto mártir democrático y figura ética tutelar de la patria. Incluso rancios sectores de las clases medias reconocen cierta coherencia y halo épico en el presidente al que tan fervorosamente ayudaron a derrocar.
La singularidad maquiavélica del caso chileno radica en que esta reparación histórica estimulada desde el gobierno convive sin sobresaltos con una situación hegemónica del modelo neoliberal en tanto filosofía rectora de los quehaceres políticos, económicos y culturales.
Acaso en ninguna otra nación latinoamericana el neoliberalismo tuvo un parto tan sangriento y una vida tan vigorosa. Los diversos gobiernos, desde el dictatorial de Pinochet hasta el del almidonado Lagos, han consolidado el neoliberalismo ya no como una parte central del todo sino como la misma totalidad de lo Real.
En esta saga de reescritura y resignificación histórica, la figura trágica de Allende, su fallido y luminoso intento de ‘vía chilena’ al socialismo devienen en la retórica de la desangelada Michel Bachellet, en el merchandancing de un discurso que ha hecho del ‘socialismo’ un significante vacío, lleno hasta su clausura de ortodoxia neoliberal.
No es de extrañar que Chile constituya el horizonte utópico de las derechas vernáculas –y de progresistas varios, por cierto-, el ‘Modelo’ a seguir, la comarca más o menos ordenada y segura, bien provista de carabineros, esencialmente conservadora y con ‘saludables’ dosis de apatía política. El mercado arquetípico en donde el capital despliega su ser sin asfixias estatistas o burocráticas. Y en donde, en una modalidad cruel de las astucias de la razón, un gobierno nominalmente ‘socialista’ provee la retórica que legitima el accionar de un establishment que hace tiempo ha decidido prescindir de los modos jurásicos de antaño.
Es obvio que esta hegemonía no implica unanimidad. Combativos, aguerridos, en ocasiones numerosos, son los focos de resistencia al modelo. Cabe señalar dos particularmente intensos durante lo que va de la gestión Bachellet: la lucha de los estudiantes secundarios contra los planes educativos del gobierno y las huelgas de hambre de los militantes mapuches reprimidos con una saña inusual. Sin embargo, la ausencia de un marco amplio que vertebre las demandas aisladas reduce las posibilidades de injerencia en lo Real por parte de estos grupos. Incluso las más osadas de sus acciones no sobrepasan los méritos de lo testimonial o lo reivindicativo.
La sensación general de los chilenos respecto a ellos mismos dista del malestar o la inquietud. Los números de la macroeconomía certifican ese cielo limpio de nubarrones. O, al menos, así ocurre en la versión que cuenta: la de los gurués económicos. Y es que finalmente Chile ha encontrado su lugar en el mundo o, para decirlo de un modo más exacto: su ‘nicho’ en el mercado. Tras aquel lejano inicio lleno de ruido y furia, la vía chilena de retorno al capitalismo ha alcanzado su velocidad crucero, su módico coto de economía tercermundista proveedora de materias primas –frutos, mariscos, el sempiterno cobre- y buenos vinos. Lo que en el camino ha quedado, es una generación diezmada que pagó con su sangre la oposición a este modelo durante la dictadura y un cuerpo social que, desde el retorno de la democracia y en irónica simetría, ratifica la continuidad del sistema con la fuerza abrumadora de sus votos.
Nicanor Parra arriesgò hace muchos años una boutade inolvidable: “La izquierda y la derecha unida jamás serán vencidas”. La realidad chilena, su dialéctica de complicidades y conformismos, de banderas arriadas y de impunidades ensordecedoras, parecen urdidas por algún geniecillo diabólico menos para ilustrar una versión hegeliana de la historia que para cumplir con la profecía de un caústico poeta.
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