miércoles, 22 de octubre de 2008

Por fin, el fin

Página/12
El país - Miércoles 22 de Octubre de 2008
Opinión
Por Alfredo Zaiat
El jefe de la mafia con el arma en la mano y el asesinado en el piso es una
prueba contundente de culpabilidad. El traficante de drogas capturado con su
cargamento en la mochila es un indicio bastante fuerte de una violación a la
ley. La venta acelerada de títulos y acciones que derrumbaron sus cotizaciones
es la demostración más transparente de la existencia de una asociación de
financistas & afines para lucrar con el dinero previsional de los trabajadores.
Si se trata de un delito, la utilización de esos fondos que no les pertenecen
para expresar el rechazo al proyecto del Gobierno será tarea de la Justicia.
Pero han dejado con total impunidad, que es la forma en que se mueve el poder
financiero, las huellas bien visibles para avanzar en esa investigación.
El argumento más común y superficial de banqueros, economistas de la city y el
coro afinado de voceros interesados es que las críticas a las AFJP son por
“ideología”. Se trata de un debate absurdo, porque toda opinión a favor o en
contra de un modelo económico, de una orientación que defina la autoridad
monetaria con el tipo de cambio o de una organización del sistema previsional
está basada en una determinada cosmovisión del mundo. O sea, de una ideología,
palabra que en general es utilizada por el pensamiento conservador para
descalificar convicciones que se enfrentan al discurso dominante. Resulta
esclarecedora la discusión ideológica que permite conocer si es más importante
el haber jubilatorio o las cuentas de banqueros y gerentes privilegiados
abultadas con el dinero de los trabajadores. Las AFJP han demostrado en la
práctica que han sido una enorme estafa previsional. Con datos “objetivos”, como
gustan hablar los abanderados de la restauración conservadora. Casi ninguna de
las promesas vendidas con excelentes campañas de marketing fue realidad para los
trabajadores jubilados o próximos a jubilarse. Ni lo serían nunca en el futuro,
como lo demuestra la experiencia de casi 30 años del sistema chileno, que ya
alcanzó su etapa de maduración y permite observar en forma rotunda su fracaso.
Además de no brindar una prestación digna a los jubilados y de jugar con el
aporte previsional de los trabajadores, el régimen privado desfinanció al Estado
hasta arrinconarlo en una posición que lo obligó, entre otros factores, a
declarar el default en 2001. Este tuvo como uno de sus impulsores la propia
estructura del sistema previsional privado, que poseía el germen del default. Es
una situación similar a la quiebra del Lehman Brothers: su debacle y la de los
otros bancos de inversión no fue sólo por la codicia de los financistas, sino
que el sistema de autorregulación del fundamentalismo de mercado es el que
permitió el crecimiento de esas entidades y de ese tipo de banqueros. Resulta
difícil encontrar hoy en Estados Unidos analistas que defiendan a Lehman
Brothers. En cambio, no debería extrañar que los haya aquí para las AFJP.
No será una tarea sencilla desmontar el engendro del régimen de capitalización
privada. Requerirá de habilidad y capacidad técnica para empezar a ordenar un
sistema que fue desquiciado por los banqueros. Junto a la reestructuración de la
deuda en default, la eliminación de las AFJP constituye una de las principales
medidas de la administración kirchnerista que afecta al poder financiero. Se
entiende así la reacción furiosa de banqueros, asesores, economistas, corredores
bursátiles, gerentes financieros & otros aliados que integran una asociación
dedicada a lucrar con el dinero de los trabajadores. Pocas labores han sido más
perversas y miserables que enriquecerse con esos fondos.
La cuestión no es que el Estado se queda con los fondos para pagar deudas, sino
que ese dinero vuelve al lugar original de un Sistema de Seguridad Social. El
stock de capital acumulado durante catorce años en esas cuentas, deducido el
obsceno monto de 9000 millones de dólares en comisiones, regresa al canal
legítimo de un régimen previsional. Lo otro era un negocio financiero para un
sistema de imprevisión social. Para adelante, será tarea de definir el mecanismo
transparente de administración y control de esos recursos, que requerirá de
destreza para desarmar con paciencia la temeraria estrategia de invertir fondos
previsionales en acciones, fideicomisos financieros o bonos de deuda privada.
La reforma de 1994 impulsada por la dupla Carlos Menem-Domingo Cavallo, con el
aval y financiamiento del FMI y Banco Mundial, desfinanció al Estado al desviar
los aportes jubilatorios de los trabajadores hacia las AFJP. Se diseñó así una
calesita financiera abusiva:
- El Estado contabilizaba un bache en la cuenta de Seguridad Social del Tesoro
Nacional por el dinero girado a las AFJP.
- Para cubrirlo emitía títulos públicos.
- Esos papeles los compraban las AFJP.
- Los adquirían con el dinero que recibían de los trabajadores.
- Esos aportes antes iban al Tesoro Nacional.
El Estado quedaba en una posición financiera exigente por una deuda creciente
precisamente por ese desfinanciamiento de la Seguridad Social. Las dificultades
para cerrar ese déficit se agudizaban debido a que siguió pagando los haberes.
Ese desequilibrio de las cuentas públicas provocó el incremento de la tasa de
interés del endeudamiento necesario para cubrir ese bache. El costo de esa
calesita fue una de las más pesadas mochilas que dejó la década del noventa.
Teniendo en cuenta que la deuda del sector público nacional se incrementó en
66.500 millones de dólares entre diciembre de 1994 y de 2001, el sistema de AFJP
explica por sí sólo 41.300 millones de dólares de ese aumento (el 62 por
ciento). Ese monto surge de 31.800 millones de dólares de emisión de títulos
públicos para compensar los fondos no ingresados, a los que se sumaron 9500
millones de dólares por el costo del endeudamiento por este concepto, con una
tasa de interés promedio de 9,6 por ciento anual.
Varios son los hechos que se fueron revelando acerca de la inutilidad de la
vigencia de AFJP. La más grosera es que el Estado tuvo que salir a completar el
haber paupérrimo que entregan las AFJP a los ya jubilados privados. Como el
dinero acumulado en los fondos privados, a lo que se le suma el aporte público
que marca la ley (la prestación básica universal y la de permanencia), resulta
una jubilación por debajo de la mínima, la Anses salió a completarla para
alcanzar ese piso. Parece un absurdo si se tiene en cuenta que en su momento se
presentó la reforma como más conveniente frente un régimen público de reparto, y
ahora es el fisco el que tiene que venir a rescatar a los jubilados privados de
haberes miserables. La capitalización privada no redujo –como se argumentaba– la
evasión o morosidad previsional. Además hay una baja proporción de aportes
efectivos. Sólo el 40 por ciento de los afiliados contribuye al sistema. Los
aportes voluntarios son insignificantes en relación a la recaudación total (0,3
por ciento), siendo que uno de los eslóganes de propaganda era que los afiliados
iban a optar por engrosar sus cuentas porque verían que el sistema era muy
bueno. El nuevo régimen no incentivó la afiliación y la relación entre
aportantes y la población ocupada se redujo del 42,3 al 38,6 por ciento. En
cuanto a la supuesta competencia que se iba a producir entre las AFJP, de las 26
compañías que comenzaron a operar en 1994, hoy sólo quedan 10. Estos datos
indican una tendencia a la oligopolización del mercado, que se opone a los
presuntos incentivos para reducir costos y mejorar los servicios. Las AFJP se
apropiaron vía comisiones, en promedio, de un tercio de los montos recaudados.
Según información de la Anses, los gastos operativos del régimen público
representaron entre 1999 y 2005 sólo el 1,6 por ciento de las contribuciones y
los recursos tributarios percibidos con fines previsionales, lo que resulta
veinte veces más barato que el costo de administración del sistema de
capitalización. El sistema fue concebido para maximizar el beneficio de las
AFJP. Los fondos gestionados por las AFJP se fueron incrementando gradualmente a
lo largo del tiempo, pero esa creciente masa de recursos estuvo lejos de
fomentar el desarrollo del mercado local de capitales. Los fondos de las AFJP no
fueron canalizados hacia proyectos de inversión que apuntalaran el crecimiento
económico.
La supuesta solvencia intertemporal del sistema previsional con fondos
invertidos en volátiles mercados bursátiles quedó hecha añicos. Terminar con el
régimen de capitalización es adelantarse y evitar que los actuales trabajadores
puedan tener un panorama desolador en su etapa de retiro del mercado laboral. En
países con el nivel de desarrollo de la Argentina, con su actual estructura de
empleo, es imprescindible universalizar la cobertura, objetivo sobre el que se
avanzó en estos años, y adoptar una visión de la jubilación basada
fundamentalmente en la solidaridad intergeneracional del reparto. Poner fin, por
fin, a las AFJP es en ese sentido una medida reparadora y de justicia
redistributiva.
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martes, 21 de octubre de 2008

Crimen (financiero) contra la humanidad



OPINION... ARGOS: OCTUBRE 18 DE 2008...

José Saramago*

La historia es conocida, y, en aquellos tiempos antiguos en que la escuela se proclamaba educadora perfecta, se le enseñaba a los niños como ejemplo de la modestia y la discreción que siempre deberían acompañarnos cuando el demonio nos tentara para opinar sobre lo que no conocemos o conocemos poco y mal.

Apeles podía consentir que el zapatero le apuntase un error en el calzado de la figura que había pintado, por aquello de que los zapatos eran su oficio, pero que nunca se atreviera a dar su parecer sobre, por ejemplo, la anatomía de la rodilla. En suma, un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar. A primera vista, Apeles tenía razón, el maestro era él, el pintor era él, la autoridad era él, mientras que el zapatero sería llamado cuando de ponerle medias suelas a un par de botas se tratase. Realmente, ¿hasta dónde vamos a llegar si cualquier persona, incluso la más ignorante de todas, se permite opinar sobre lo que no sabe? Si no tiene los estudios necesarios es preferible que se calle y deje a los sabedores la responsabilidad de tomar las decisiones más convenientes (¿para quién?).

Sí, a primera vista Apeles tenía razón, pero solo a primera vista. El pintor de Felipe y de Alejandro de Macedonia, considerado un genio en su época, ignoró un aspecto importante de la cuestión: el zapatero tenía rodillas, luego, por definición, era competente en estas articulaciones, aunque fuera solo para quejarse, si ese era el caso, de los dolores que sentía. A estas alturas, el lector atento ya habrá entendido que no es de Apeles ni del zapatero de lo que se trata en estas líneas. Se trata, sí, de la gravísima crisis económica y financiera que está convulsionando el mundo, hasta el punto de que no podemos escapar a la angustiosa sensación de que llegamos al final de una época sin que se consiga vislumbrar qué y cómo será lo que venga a continuación, tras un tiempo intermedio, imposible de predecir antes de que se levanten las ruinas y se abran nuevos caminos. ¿Cómo lo hacemos? ¿Una leyenda antigua para explicar los desastres de hoy? ¿Por qué no?

El zapatero somos nosotros, todos nosotros, que presenciamos, impotentes, el avance aplastante de los grandes potentados económicos y financieros, locos por conquistar más y más dinero, más y más poder, con todos los medios legales o ilegales a su alcance, limpios o sucios, normalizados o criminales.

¿Y Apeles? Apeles son, precisamente, los banqueros, los políticos, las aseguradoras, los grandes especuladores que, con la complicidad de los medios de comunicación social, respondieron en los últimos 30 años, cuando tímidamente protestábamos, con la soberbia de quien se considera poseedor de la última sabiduría; es decir, aunque la rodilla nos doliera, no se nos permitía hablar de ella, se nos ridiculizaba, nos señalaban como reos de condena pública. Era el tiempo del imperio absoluto del Mercado, esa entidad presuntamente auto reformable y auto regulable encargada por el inmutable destino de preparar y defender para siempre jamás nuestra felicidad personal y colectiva, aunque la realidad se encargase de desmentirlo cada hora que pasaba.

¿Y ahora? ¿Se van a acabar por fin los paraísos fiscales y las cuentas numeradas? ¿Será implacablemente investigado el origen de gigantescos depósitos bancarios, de ingenierías financieras claramente delictivas, de inversiones opacas que, en muchos casos, no son nada más que masivos lavados de dinero negro, de dinero del narcotráfico? Y ya que hablamos de delitos: ¿tendrán los ciudadanos comunes la satisfacción de ver juzgar y condenar a los responsables directos del terremoto que está sacudiendo nuestras casas, la vida de nuestras familias, o nuestro trabajo? ¿Quién resuelve el problema de los desempleados (no los he contado, pero no dudo de que ya son millones) víctimas del crash y qué desempleados seguirán, durante meses o años, malviviendo de míseros subsidios del Estado mientras los grandes ejecutivos y administradores de empresas deliberadamente conducidas a la quiebra gozan de millones y millones de dólares cubiertos por contratos blindados que las autoridades fiscales, pagadas con el dinero de los contribuyentes, fingen ignorar?

Y la complicidad activa de los gobiernos, ¿quién la demanda? Bush, ese producto maligno de la naturaleza en una de sus peores horas, dirá que su plan ha salvado (¿salvará?) la economía norteamericana, pero las preguntas a las que tendría que responder están en la mente de todos: ¿no sabía lo que pasaba en las lujosas salas de reunión en las que hasta el cine nos ha hecho entrar, y no solo entrar, sino asistir a la toma de decisiones criminales sancionadas por todos los códigos penales del mundo? ¿Para qué le sirven la CIA y el FBI, además de las decenas de otros organismos de seguridad nacional que proliferan en la mal llamada democracia norteamericana, esa donde un viajero, a su entrada en el país, tendrá que entregar a la policía de turno su ordenador para que este copie el respectivo disco duro? ¿No se ha dado cuenta el señor Bush que tenía al enemigo en casa, o, por el contrario, lo sabía y no le importó?

Lo que está pasando es, en todos los aspectos, un crimen contra la humanidad y desde esta perspectiva debe ser objeto de análisis, ya sea en los foros públicos o en las conciencias. No exagero. Crímenes contra la humanidad no son solo los genocidios, los etnocidios, los campos de muerte, las torturas, los asesinatos selectivos, las hambres deliberadamente provocadas, las contaminaciones masivas, las humillaciones como método represivo de la identidad de las víctimas. Crimen contra la humanidad es el que los poderes financieros y económicos de Estados Unidos, con la complicidad efectiva o tácita de su gobierno, fríamente han perpetrado contra millones de personas en todo el mundo, amenazadas de perder el dinero que les queda después de, en muchísimos casos (no dudo de que sean millones), haber perdido su única y cuántas veces escasa fuente de rendimiento, es decir, su trabajo.

Los criminales son conocidos, tienen nombre y apellidos, se trasladan en limusinas cuando van a jugar al golf, y tan seguros están de sí mismos que ni siquiera piensan en esconderse. Son fáciles de sorprender. ¿Quién se atreve a llevar a este gang ante los tribunales? Todos le quedaríamos agradecidos. Sería la señal de que no todo está perdido para las personas honestas.

*José Saramago es Premio Nóbel de Literatura
Marcos Jesús Concepción AlbalaPresidente de Argos Is-InternacionalMIEMBRO DE LA 'CAMACOL' Y DE LA 'FELAP'

martes, 14 de octubre de 2008

¿Cómo se escriben las cosas en una época de intemperie?


Por Ricardo Forster

La historia, eso suele decirse, no se repite o, al menos, aquello que sucedió en el pasado no regresa sobre el presente manifestando sus derechos de continuidad. En tiempos como los nuestros, dominados por el ansia del puro instante, suele resultar entre imposible e intolerable sentirnos deudores de otra época del mundo; en el mejor de los casos nos solazamos con transferirla al museo y reducirla a una experiencia estética. Y, sin embargo, la deuda persiste y, en algún momento, hay que pagarla. ¿Estamos en condiciones de cancelarla? Señalo esto porque en los últimos días se ha intentado establecer las correspondencias entre la crisis del ’30 y la actual, apresurándose, la mayoría de los economistas, a destacar no tanto las coincidencias y semejanzas sino las irrevocables diferencias que separan a una y otra; casi como un intento de exorcismo que lograra alejar el fantasma, demasiado presente y activo, de una profunda depresión de la economía mundial. Inclinados, como estamos, a no pensar históricamente, a ensimismarnos en nuestra propia actualidad y temerosos de conjurar los espectros de un pasado no deseado, buscamos cortar las relaciones, los intercambios subterráneos, las equivalencias entre lo sucedido antaño y aquello que nos atraviesa de lado a lado en el presente. Entre las correspondencias y las diferencias se vuelve imprescindible pensar nuestra época a la luz de esa otra historia que todavía insiste entre nosotros, en especial si no nos olvidamos que seguimos habitando en el interior del capitalismo.
Aquellos que se regocijan ante la dimensión de la crisis financiera del capitalismo central, leyendo en ella los síntomas de una muerte anunciada desde siempre, tal vez no comprenden que las alternativas ante tamaña puesta en cuestión no parecen venir de proyectos ligados a tradiciones emancipatorias; y eso, entre otras cosas, porque se percibe desde hace varias décadas una profunda orfandad en el interior de esas supuestas alternativas que atravesaron el tiempo neoliberal expresando una aguda fatiga política e ideológica, dejando en evidencia su propia crisis y sus propias derrotas. La resolución de la Gran Depresión de los años treinta no vino por el lado de las corrientes libertarias y antiburguesas sino que encontró sus salidas, por una parte, en los caminos del keynesianismo rooseveltiano unido a la política del “gran garrote” y, por la otra parte, en el despliegue arrasador de los fascismos europeos que no sólo liquidaron en sus países a las izquierdas sino que abrieron las puertas para una guerra deseada por el propio sistema para apresurar la salida a su bancarrota (mientras tanto en la Unión Soviética el stalinismo desplegaba su propia política de arrasamiento de los restos reivindicables de la Revolución de Octubre aniquilando tanto a la vieja guardia bolchevique como desarrollando su propio y letal Gulag). Las consecuencias, siempre es importante recordarlo, fueron decenas de millones de muertos no sólo en los frentes de batalla de la Segunda Guerra Mundial sino, a su vez, el desarrollo de los campos de exterminio del nazismo y, como corolario del triunfo aliado, la “solución nuclear” en Hiroshima y Nagasaki. Años de horror y terror que nos deben alertar sobre nuestro presente y las diversas alternativas que se abren o pueden abrirse como salida de la crisis.
Estar atentos, auscultar los síntomas de la época descubriendo sus empatías y sus semejanzas con aquella otra crisis colosal del capitalismo no significa, no puede significar, quedar paralizados ante “la repetición en la historia”, creyendo que esos espectros del totalitarismo están listos para regresar sobre la escena contemporánea. Sería vano y superfluo calibrar los sucesos actuales desde esa lógica; pero sería ingenuo y peligroso perder de vista las marcas que persisten, las señales entre nosotros de ciertas continuidades subterráneas que hoy, aquí y ahora, se manifiestan en los lenguajes y en los recursos de una derecha que reincorpora, bajo nuevos ropajes, las viejas formas de la violencia y el racismo. Ropajes adaptados al clima políticamente correcto que atraviesa la sensibilidad de una época, la nuestra, paridora de “morales universales” que requieren que el ciudadano se sienta bien con su propia conciencia en el preciso instante en el que se formulan y se llevan a cabo políticas restrictivas, de vigilancia extrema y de clausura de las propias fronteras nacionales.
Europa, antes de experimentar los síntomas de la crisis y de atemorizarse ante ellos, se adelantó, asumiendo su condición vanguardista en estos temas, a fijar un nuevo orden jurídico arrasador para los “inmigrantes ilegales”, para los “judíos” de la época del capitalismo globalizador que intenta cerrar herméticamente sus fronteras ante la demanda de los miserables de la tierra, demanda que se multiplicó gracias a las políticas económicofinancieras que generaron, entre otras cosas, las condiciones para la bancarrota del sistema especulativo neoliberal pero sin antes multiplicar de manera escandalosa la pobreza y la miseria en la mayor parte del planeta. Europa, siempre astuta, no parece elegir una salida progresista (si tan malgastada y desahuciada palabra aún significa algo) a la caída de bancos y bolsas; su inclinación, hoy como ayer en los no tan lejanos treinta, parece dirigirse más hacia la derecha; tal vez no en el sentido de los viejos y horrorosos fascismos, tal vez sin aquellas violencias homicidas, pero sí ampliando las redes de la vigilancia y la exclusión. Será tarea de una izquierda europea apagada por sus propias carencias salir a dar una batalla que ponga en cuestión las retóricas de la seguridad y del miedo que hoy dominan al viejo continente.
Dentro de los giros inesperados de esa dama antigua, pero insistente en su presencia, que se llama “historia”, está la “anomalía” latinoamericana, esa que en el comienzo del milenio inició, con diversos matices, el camino de salida del neoliberalismo adelantándose, en sus intentos por rescatar al Estado y a aquellas tradiciones democráticopopulares desbaratadas por el dominio de la lógica de mercado que capturó a gran parte de las conciencias de nuestras sociedades, a la puesta en cuestión de un modelo articulado alrededor del consenso de Washington y de los organismos internacionales destinados a sostener a rajatabla las políticas de libre mercado y de arrasadora especulación que fueron promovidas por los dueños del poder economicopolítico en sus dos variantes: la vernácula y la imperial. Nuestros países llegan al crac del capitalismo financieroespeculativo en condiciones muy distintas de las que predominaron en la década del noventa, una década que multiplicó las prácticas y los discursos de un sistema depredador. Se posicionaron, insisto, con sus diferencias y matices, contra los ideologemas de la lógica unipolar del mercado y contra la colonización de la opinión pública por esas retóricas dominadas por la naturalización neoliberal.
Sin pecar de optimistas ni de ingenuos, creyendo que la región, o la Argentina en particular, está blindada contra el avance de la crisis, sí resulta evidente que es posible enfrentarla con otros recursos políticos, económicos y culturales, aquellos que precisamente provienen de ese giro inesperado, de esa anomalía, que viene signando el derrotero de Sudamérica en los últimos años. No es mucho, pero tampoco es escaso o insustancial como lo quiere hacer creer cierta izquierda que imagina que estamos delante de la toma del Palacio de Invierno y preparados para hacer la revolución, pero que previamente hay que ayudar al desbarrancamiento de gobiernos impostores y “seudopopulares” que impiden y retrasan la llegada de la hora revolucionaria. Lejos de ese escenario de dudosa épica estamos, sin embargo, en el interior de una coyuntura compleja pero más propicia que aquella otra en la que nos encontrábamos años atrás cuando la gramática del mercado dominaba por completo vida y conciencias.
Se vuelve imprescindible encontrar las palabras adecuadas para pensar la gravedad de la época; es indispensable abandonar conceptos gastados y vacíos que poco o nada ayudan para comprender y actuar en las actuales circunstancias históricas. Creer que nuestros lenguajes permanecen seguros y a resguardo ante la brutal inseguridad de una realidad en estado de conmoción es pecar, una vez más, de ser portadores de la certeza última, dueños de una verdad que siempre está esperando el tiempo de su realización. Como escribía hace muy poco Nicolás Casullo, “si las cosas ya no se escriben de otra forma ya no se escriben más”. ¿Sabremos encontrar esas otras escrituras que puedan dar cuenta de las cosas y de su acaecer deslumbrante? Tal vez está sea la imprescindible batalla cultural que tenemos por delante: iniciar el desmontaje de aquellos discursos y de aquellas prácticas propias del sistema que dominaron la escena de las últimas décadas sabiendo, desde hace mucho tiempo, que todas las garantías se han perdido.

domingo, 12 de octubre de 2008

La ley de la selva

Reflexiones del compañero Fidel Castro

Correo: digital@jrebelde.cip.cu
11 de octubre de 2008


El líder de la Revolución Cubana afirma que la crisis actual y las brutales medidas del gobierno de Estados Unidos para salvarse traerán más inflación, más devaluación de las monedas nacionales, más pérdidas dolorosas de los mercados, menores precios para las mercancías de exportación, más intercambio desigual. Pero traerán también a los pueblos más conocimiento de la verdad, más conciencia, más rebeldía y más revoluciones


El comercio dentro de la sociedad y entre los países es el intercambio de bienes y servicios que producen los seres humanos. Los dueños de los medios de producción se apropian de las ganancias. Ellos dirigen, como clase, el estado capitalista y se ufanan de ser los impulsores del desarrollo y el bienestar social a través del mercado, al cual se rinde culto como dios infalible.
Dentro de cada país es la competencia entre los más fuertes y los más débiles, los de más vigor físico, los que se alimentan mejor, los que aprendieron a leer y escribir, los que fueron a las escuelas, los que acumulan más experiencia, más relaciones sociales, más recursos, y los que carecen de esas ventajas dentro de la sociedad.
Entre países, los que tienen mejor clima, más tierra cultivable, más agua, más recursos naturales en el espacio en que les tocó vivir cuando no existen más territorios que conquistar, los que dominan las tecnologías, los que poseen más desarrollo y manejan infinitos recursos mediáticos, y los que, por el contrario, no disfrutan ninguna de estas prerrogativas. Son las diferencias a veces abismales entre las que se califican como naciones ricas o pobres.
Es la ley de la selva.
Las diferencias entre las etnias no existen en cuanto se refiere a las facultades mentales del ser humano. Es algo más que probado científicamente. La sociedad actual no fue la forma natural en que evolucionó la vida humana; ha sido una creación del hombre ya mentalmente desarrollado, sin la cual no se puede concebir su propia existencia. Lo que se plantea es, por tanto, si el ser humano podrá sobrevivir al privilegio de poseer una inteligencia creadora.
El sistema capitalista desarrollado, cuyo máximo exponente es el país de naturaleza privilegiada adonde el hombre blanco europeo llevó sus ideas, sus sueños y sus ambiciones, se encuentra hoy en plena crisis. No es la habitual cada cierto número de años, ni siquiera la traumática de los años treinta, sino la peor de todas desde que el mundo siguió ese modelo de crecimiento y desarrollo.
La actual crisis del sistema capitalista desarrollado se produce cuando el imperio está próximo a cambiar de jefatura en las elecciones que tendrán lugar dentro de veinticinco días; era lo único que faltaba por ver.
Los candidatos de los dos partidos que deciden en esas elecciones, tratan de persuadir a los desconcertados votantes ―muchos de los cuales no se han preocupado nunca por votar― de que ellos, como aspirantes a la Presidencia, son capaces de garantizar el bienestar y el consumismo de lo que califican como un pueblo de capas medias, sin el menor propósito de verdaderos cambios en lo que consideran el más perfecto sistema económico que ha conocido el mundo; un mundo que, por supuesto, en la mentalidad de cada uno de ellos, es menos importante que la felicidad de trescientos y tantos millones de habitantes de una población que no llega al cinco por ciento de los habitantes del planeta. La suerte del otro noventa y cinco por ciento de los seres humanos, la guerra y la paz, la atmósfera respirable o no, dependerá en gran parte de las decisiones del jefe institucional del imperio, si es que ese cargo constitucional tiene o no poder real en la época de las armas nucleares y los escudos espaciales manejados por computadoras en circunstancias tales que los segundos son decisivos y los principios éticos tienen cada vez menos vigencia. No puede, sin embargo, ignorarse el papel más o menos nefasto que corresponde a un presidente de ese país.
En Estados Unidos existe un profundo racismo, y la mente de millones de blancos no se reconcilia con la idea de que una persona negra con la esposa y los niños ocupen la Casa Blanca, que se llama así: Blanca.
De puro milagro el candidato demócrata no ha sufrido la suerte de Martin Luther King, Malcolm X y otros, que albergaron sueños de igualdad y justicia en década recientes. Tiene además el hábito de mirar al adversario con serenidad y reírse de los aprietos dialécticos de un oponente que mira hacia el vacío.
Por otro lado, el candidato republicano, que cultiva su fama de hombre belicoso, fue uno de los peores alumnos de su curso en West Point. No sabía nada de Matemáticas, según confiesa, y es de suponer que mucho menos de las complicadas ciencias económicas.
Sin duda, su adversario lo supera en inteligencia y serenidad.
Lo que más abunda en McCain son los años, y su salud no es en lo absoluto segura.
Menciono estos datos para señalar la eventual posibilidad ―si algo ocurriera con la salud del candidato republicano, si lo eligen― de que la señora del rifle e inexperta ex gobernadora de Alaska fuese Presidenta de Estados Unidos. Se observa que no sabe nada de nada.
Meditando sobre la deuda pública actual de Estados Unidos que el presidente Bush descarga sobre las nuevas generaciones en ese país ―diez mil doscientos sesenta y seis millones de millones―, se me ocurrió calcular el tiempo que tardaría un hombre para contar la deuda que aquél prácticamente ha duplicado en ocho años.
Suponiendo ocho horas de trabajo neto diario sin perder un segundo, al ritmo rápido de cien billetes de un dólar por minuto, 300 días de trabajo al año, un hombre tardaría setecientos diez mil millones de años para contar esa suma.
No encontré otra forma gráfica de imaginarme el volumen de esa suma de dinero que se menciona casi diariamente en estos días.
El gobierno de Estados Unidos, para evitar un pánico generalizado, declara que garantizará depósitos de ahorristas que no rebasen los 250 mil dólares; administrará bancos y cifras de dinero que Lenin, con ábacos, no habría imaginado contabilizar.
Podemos preguntarnos ahora qué aporte hará la administración Bush al socialismo. Pero no nos hagamos ilusiones. Cuando el funcionamiento de los bancos se normalice, los imperialistas se las devolverán a las empresas privadas, como hizo algún que otro país en este hemisferio. El pueblo paga siempre las cuentas.
El capitalismo tiende a reproducirse en cualquier sistema social, porque parte del egoísmo y los instintos del hombre.
A la sociedad humana no le queda otra alternativa que superar esa contradicción, porque de otra forma no podría sobrevivir.
En este momento, el mar de dinero que les lanzan a las finanzas mundiales los bancos centrales de los países capitalistas desarrollados está golpeando fuertemente a las bolsas de los países que tratan de superar el subdesarrollo económico y acuden a esas instituciones. Cuba no posee bolsa de valores. Sin duda surgirán formas de financiamiento más racionales, más socialistas.
La crisis actual y las brutales medidas del gobierno de Estados Unidos para salvarse traerán más inflación, más devaluación de las monedas nacionales, más pérdidas dolorosas de los mercados, menores precios para las mercancías de exportación, más intercambio desigual. Pero traerán también a los pueblos más conocimiento de la verdad, más conciencia, más rebeldía y más revoluciones.
Veremos ahora cómo se desarrolla la crisis y qué ocurre en Estados Unidos dentro de veinticinco días.

Fidel Castro Ruz
Octubre 11 de 2008